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martes, 3 de mayo de 2011

Amistad

—¿Qué tal? ¿Tenéis un chicle? ¿Chocolate? ¿Pitillos?

—Joer, Mark... ¿eres incapaz de estar sin nada en la boca? —
dijo Peter.

Un coro de risas salió del grupo de adolescentes, tres chicos y dos chicas, mientras Mark se sentaba junto a ellos bajo el árbol.

—Es algo nervioso, ya sabes... ¿Tenéis algo o no?

Alguien le pasó una bolsa de pipas, que agradeció con un cabeceo y que se puso casi a devorar con ansia.

—¿Como te ha ido el examen de calculo?

—Como el culo, Pet, como el culo. Estoy deseando que se acaben los exámenes y mandarlo todo a la porra.


—¿Sigues pensando en largarte de viaje?

Mark asintió con un cabeceo.

—Claro que si... no me malinterpretes, pero quedarme aquí y estudiar veterinaria como me sugeristeis... no es lo mio. ¡Si me pasaría la mitad del tiempo intentando hincarle el diente a los pacientes, por dios!

Las risas volvieron a recorrer el grupo. Tanya, una de las chicas le dio un codazo a Mark.

—Al menos es mejor que lo de Pete... anoche volvió a perseguir gallinas... ¡y se le escaparon!

—¡Pero serás zorra!

—Si... —
Tanya rió más fuerte— y a mucha honra, chucho.

Peter se lanzó sobre Tanya y ambos rodaron sobre el césped, colina abajo, ante la mirada divertida de los demás.

—Acabarán liados... —dijo Sussanah— como en esas pelis, del amor al odio...

—Será al revés...

—Mismo da.


Mark se estiró, bostezando ampliamente.

—Entonces, ¿quedamos esta noche para una carrerita?

—Yo no... tengo examen mañana —se quejó Lucas—. Hace que no salgo a volar... ¡voy a oxidarme! Y encima solo puedo salir de noche... echo de menos el sol.

—Y yo... —dijo Sussanah mirando al sol por entre las ramas— pero también quiero ir al lago, a nadar.

—¿Y si vamos el fin de semana de excursión al lago? ¿Que me dices, lagartija?

—Por mi vale, micho. ¿Lucas?

—Joder, si. Tengo ganas de asustar unos cuantos bañistas. Duke, ¿vendrás?


El aludido se rascó una oreja, mirando a su hermano gemelo.

—Si a Mark le parece bien... a mi también...

—¡Decidido entonces!


Y de ese modo, aquel fin de semana en los alrededores del lago, algunos bañistas y excursionistas jurarían haber visto un cocodrilo gigante en el lago, un cuervo que se dedicaba a robar teléfonos móviles y reproductores de música, un coyote jugando con una zorra y dos enormes panteras, sesteando al sol.

Pero claro, eso son sólo imaginaciones suyas, ¿verdad?

viernes, 1 de abril de 2011

Pluma y Tintero: Platos


Allí arrodillado recordó la voz de su padre diciéndole después de una cena silenciosa y cargada de tensión que se llevara el plato y sus cubiertos al fregadero, los enjuagara y los metiera en el lavavajillas.

Su padre siempre había sido metódico y ordenado, características que había pasado a Alain sin darse cuenta. Así, mientras otros niños eran descuidados y tenían sus cuartos hechos un desastre, Alain siempre tuvo el suyo ordenado y limpio. Sus juguetes, juegos y libros, todas sus cosas, duraban más por el mimo con que las trataba. Siempre encontraba lo que buscaba en su cuarto y nunca se le perdía nada.

Era una suerte, puesto que ahora lo necesitaba, a diario.

Volvió a hundir el cepillo en el cubo con agua y lejía, volviendo a frotar la mancha del suelo metódicamente, de los bordes hacia el centro, sin dejar un centímetro, un milímetro sin limpiar. Así, pronto la mancha de sangre, enorme, se convirtió en una mancha húmeda en el suelo de gres y, con unos pases de unos trapos, en un mero recuerdo. De la mancha de sangre, no quedaba ni rastro.

—Y, ahora, a preparar la cena...

Alain revisó varios libros de cocina, impolutos, heredados todos de su padre. Tras un rato de ojear se decidió por un revuelto de carne y verduras, fuertemente sazonado. Una receta exótica, muy adecuada para la ocasión.

La cocina quedó rápidamente inundada por los olores de la comida, y el aspecto del plato no dejaba nada mal al cocinero, pues se veía aún más jugoso y apetecible que en el libro. Y el olor era, realmente, fantástico.

Alain dispuso la mesa. La vajilla buena, de porcelana china. Los vasos de cristal de bohemia. La cubertería de plata. Mantel y servilletas de seda. Velas. Un vino tinto, para acompañar al plato, que tenía más años que él. Pan hecho a mano, por el mismo.

Una cena de lujo.

Para acompañar a la comida, además, puso un disco de música clásica, que dejó bajito, para que se escuchase muy bajito.

Una cena ciertamente romántica.

Alain se sentó a cenar, disfrutando de cada mordisco, de cada sorbo, de la tranquilidad.

De la paz.

Cuando le preguntasen por Alicia, les diría que le dejó, por el musculitos del gimnasio. Dado que él era el último en enterarse de que le estaba engañando, nadie se sorprendería demasiado. De que le había abandonado.

Alain miró el plato y sonrió.

Bueno, no del todo. Aún tendría unas cenas muy románticas con Alicia.

Cuando acabó, mojó el plato y los cubiertos en el fregadero, antes de meterlos en el lavavajillas, con una sonrisa, pensando en unos filetes fibrosos, de carne magra.

Al fin y al cabo, si Alicia había huido con el musculitos, el también tendría que irse.

jueves, 3 de febrero de 2011

Pluma y Tintero: Sacrificio



Que sepais que ha quedado el relatillo empatado con otro, ambos en el primer puesto. Al próximo a por el primer puesto sin competencia.

jueves, 27 de enero de 2011

Pluma y Tintero: Sacrificio

—A juzgar por lo que de esa dama he podido conocer, parece que, en efecto, ella y su Majestad están a un nivel muy distinto —comentó Rouen, de pasada—. Al parecer en su genealogía hay... sangre poco pura.

Pyotr soltó una carcajada.

—Eso es una manera muy suave de decirlo, amigo mio —Pyotr se volvió hacia las dos damas que los acompañaban en el saloncito—. Se rumorea que su abuela tuvo un romance ilícito con un criado, mientras su esposo estaba en la capital.

Christine y Marianne soltaron unos pequeños gritos consternados.

—¿Sangre plebeya? ¿Y se les permite permanecer en el Consejo? —preguntó Christine.

Rouen se sentó junto a ella, agitando suavemente el contenido de su copa, un vino con tantos años como él.

—Querida mia, es una mera cuestión política. Por mucha sangre plebeya que tengan...

—O quizás debido a ella —acotó Pyotr.

—O quizás debido a ella —acordó Rouen—, bajo su estandarte se reunen numerosos guerreros, de sangre plebeya y fuertemente leales. Y nadie quiere renunciar en el Consejo a la fuerza de sus tropas, por si acaso.

Christine miró a Rouen.

—Aún así, que se les permita casarse dentro de las familias del Consejo... es... aberrante... Están manchando la pureza de nuestra sangre, la legitimidad de nuestro linaje... la misma esencia de la nobleza.

Pyotr alzó una ceja.

—De todos modos, querida mia, hay rumores aún peores —Pyotr sonrió ante la cara de espanto de Christine—. Rumores sobre asesinatos, torturas y cosas que harían que una dama educada, como vosotras, se desmayase y no quisiese volver a despertar.

—Tonterias—musitó Rouen.

—Totalmente de acuerdo. Ya se sabe que los rumores son como las bolas de nieve, cuanto más ruedan...

Rouen se tambaleó y parpadeó con fuerza. Su copa se estrelló contra el suelo y la siguió el cuerpo del noble, que empezaba a toser sangre por boca, escurriendo ésta también de nariz y oidos.

Pyotr se abalanzó sobre su amigo.

—¡Rouen! ¡Avisad a un médico! ¡Avisad...!

Al girarse hacia Christine la encontró sentada, inmóvil, con la garganta abierta de oreja a oreja y una expresión de sorpresa en sus ojos sin vida. La sangre manchaba su vestído de seda rosa, haciendo juego la sangre con el color de éste de una manera extrañamente morbosa.

Marianne se giró hacia Pyotr, mientras limpiaba su daga en un pañuelito bordado, con una expresión vacia y sin sentimientos en el rostro.

—Lady Sheforah os envia saludos, Rouen de Angelac.

Rouen dió un paso hacia Marianne, lleno de ira, pero las piernas le fallaron y cayó de rodillas.

—Marianne... tu perra...

—Mary. Y no soy noble, solo soy una plebeya. Una que quiere mucho a su señora —Marianne puso el cuchillo en la mano de Christine—. Y que, al contrario que vosotros, conoce la autentica lealtad.

Marianne cogió otra copa, mientras observaba como Rouen moria por efecto del veneno.

—Y el sacrificio.

Marianne vació su copa de vino de un trago, cayendo al poco en la alfombra, junto a Rouen.

Los enemigos de su señora habían sido eliminados.

miércoles, 26 de enero de 2011

Pluma y Tintero: Alfombras

Stephen estaba a cuatro patas y curvaba la espalda, como si se retorciese de dolor. No es que el ataque no le produjese dolor, puesto que las bruscas contracciones de sus músculos enviaban dolorosas punzadas que se clavaban en su cráneo como dolorosos alfileres al rojo. No, lo peor era el sentimiento de indefensión, de no poder controlar su propio cuerpo, que se agitaba en espasmos incontrolables.

Tan humillante.

Eso sin contar con que, en la mayoría de sus ataques, perdía el control de sus intestinos, acabando cubierto de babas, vómito... y cosas peores.

Tal y como había esperado, la arcada atacó a Stephen, haciéndole vomitar en la gruesa alfombra, que seguramente también sería cara, manchando su boca y su nariz y arruinando la alfombra. Al menos no tendría que cambiarse de pantalones también. Aunque lo que le harían sería, seguramente, igual de malo, solo por el vómito.

El ataque pasó, dejándole tembloroso en el suelo y con un dolor de cabeza terrible. Se había metido en aquel cuarto corriendo cuando notó los primeros indicios del ataque, y había caido, golpeándose la cabeza con una mesa.

Miró a su alrededor. Libros. Una mesa. Estaba en una biblioteca.

Alzó una mano hasta la mesa incorporándose apoyándose penosamente en ella, alzando la cabeza, solo para encontrarse con que no estaba solo.

André.

De todas las personas que podía haberse encontrado en mitad de uno de sus ataques, tenía que ser André. André el perfecto. André el despiadado. André el ejemplo a seguir por todos. El mismo André que ahora le miraba, silencioso e inexpresivo, atravesándole con su mirada gris, fría, casi inhumana.

—Yo... —Stephen se limpió la boca con el dorso de la mano—. ¿Cuánto llevas ahí?

—Suficiente.

Stephen bajó la mirada hacia la alfombra arruinada.

—Pagaré la alfombra.

—No podrías. Es persa. Tiene tantos años como mi familia, si no más.

André se acercó a Stephen, que instintivamente agachó la cabeza y se apartó un paso, ligeramente tembloroso. Cuando le tendió un pañuelo a Stephen, éste pegó un respingo evidente.

—Límpiate.

Stephen se limpió la boca y la nariz con el pañuelo. Era de seda y olía sorprendentemente a resina de pino. Tras hacerlo comprobó que estaba arruinado y dudó, con él en la mano, si devolvérselo a André o no. No sabía que sería peor.

André tomó la decisión por él, quitándole el pañuelo y poniendo un vaso de whisky en su mano en su lugar. Con un toquecito en el vaso, lo acercó a los labios de Stephen.

—Bebe. Te sentará bien y te quitará el mal sabor de boca —André señaló un sillón—. Y siéntate.

Stephen, obediente, se sentó, dando un trago tembloroso al whisky. La mano le temblaba tanto que tuvo que agarrar el vaso con ambas manos, para evitar que se le cayese al suelo. Al levantar la vista, cuando escuchó un ruido, vió cómo André estaba haciendo jirones la alfombra, metódicamente, y echándola en la chimenea, asegurándose de que ardiese por completo.

Aquello quería decir que no iba a delatar su secreto y que, por desgracia, querría algo a cambio de su silencio. Y, siendo André quien era y cómo era, no sería nada bueno.

—¿Qué es lo que quieres de mi?

—Eres el hijo de DeBlanc.

—Su bastardo, si.

—Todos murmuran sobre ti, sobre que guardas un secreto. Ahora se lo que te guardas.

Stephen tuvo que reprimir un gruñido que, sabía, habría acabado como un quejido lastimoso. Tras los ataques y el vómito, su garganta quedaba casi en carne viva.

—¿Y ahora que lo sabes, que quieres de mi?

André levantó las cejas y casi se podría jurar que había sonreido, tan levemente que parecía haber sido una ilusión.

—¿De tí? ¿Qué podría querer yo de tí? Lo tengo todo...

El último trozo de alfombra ardió alegremente en la chimenea, eliminando toda prueba del ataque de Stephen.

—No quiero nada de ti. Sin embargo...

Stephen tragó saliva, ahora era cuando venía lo malo.

—¿Sin embargo?

—Sin embargo —André se acercó, con sus ojos fijos en los de Stephen, que apartó la mirada—, cuando te llame, vendrás.

—¿Para qué?

—Para hacerme compañía...



Dos años después...



Stephen dejó a Marguerite a solas con sus amigas, incapaz de mantener por más tiempo la fachada de amabilidad que se obligaba, que la sociedad le obligaba, a mantener ante las supuestas amigas de su esposa. Sabía que, si ella cometiese un error, se echarían sobre ella como aves de rapiña.

No es que Marguerite fuese a cometer un error. Por el amor de Dios... ¡era perfecta! Su padre se había ocupado bien de conseguirle una heredera, de impecable linaje y mejor educación. Y es que, en aquella época, una ingente cantidad de dinero lo podía comprar todo.

Escabulléndose de la sala, con la habilidad que sólo la práctica da, Stephen abandonó el abarrotado salón. Marguerite seguramente notaría su ausencia pero, como la dama perfecta que era, jamás osaría echárselo en cara. Seguramente pensase que iba a encontrarse son una amante. Stephen sonrió ante la ironía, mientras se colaba a hurtadillas en la biblioteca y, al ver las dos copas de whisky sobre la mesa, cerrar la puerta con llave trás de si.

André se encontraba, como era usual, sentado en el sillón, ante la chimenea. Bajo sus ojos se veían las ojeras, causadas por el cansancio. Cansancio que era, en su mayor parte, culpa de Helena.

Helena se había casado con André demasiado joven y se había hecho ideas, muy equivocadas, sobre cómo iba a ser su matrimonio. Ella esperaba romanticismo en lo que no era sino un matrimonio de conveniencia, efectuado para unir a dos de las familias más ricas, nobles y poderosas del pais. Cuando descubrió que André le tenía un somero afecto, siendo más educado que cualquier otra cosa, no tardó mucho en arrojarse en los brazos de un pintor, huyendo con él. El escándalo resultante había agotado mental y físicamente a André, que se había esforzado sobrehumanamente en que el escandalo no afectase negativamente a ninguna de las dos familias.

Stephen se acercó y se sentó en el otro sillon, acercándo antes su copa a André y tomando la suya. André siempre le tenía preparado su mejor whisky, desde aquella noche en la que Stephen vomitó en la alfombra de André.

—Estás pálido, demacrado y con ojeras, André. Deberías tomarte vacaciones de tí mismo. ¿Quizas al campo? Sol, aire fresco y mucha, mucha tranquilidad...

André vació su vaso de un trago y dejó la copa ociosamente sobre la alfombra, una reproducción de la que quemase antaño, y se volvió a mirar a Stephen.

—El campo es... soberanamente aburrido. O al menos lo es si vas solo.

—Podríamos hacer una escapadita al campo...

—¿Dejarías abandonada a Marguerite?

Stephen agitó una mano, distraidamente.

—Con llevarla alguna bagatela a mi regreso estaría contenta. Es incapaz de ponerse celosa. Está demasiado bien educada para eso. Es...

—¿Perfecta?

—Demasiado. A veces pienso que ni es humana, sino una bruja de los hielos, o algo asi...

André sonrió, muy brevemente como siempre hacía, pero lo suficiente como para que Stephen supiese que le había levantado el ánimo. André se levantó y se acercó a la chimenea, apoyándose en ella y Stephen se bebió su vaso y lo dejó en la alfombra, junto al otro, acercándose para apoyar su mano en el hombro de André.

—Deja que tu hermano te ayude con algunas cosas. Descansa.

—Y me lo dice el enfermo que no para ni un momento...

—Bueno, la vida es corta y procuro disfrutarla. ¿Que hay de malo en eso?

André suspiró y negó con la cabeza.

—Nada, supongo. Es solo que yo no puedo estar tan relajado como lo sueles estar tu. Siempre hay cosas que hacer, cosas que demandan mi atencion y que, si bien no son agradables, son necesarias.

—Ah, pero estás de suerte. ¿Sabes por qué?

André miró a Stephen, levantando una ceja.

—No... ¿por qué?

Stephen sonrió, ampliamente.

—Porque, pase lo que pase, André... siempre estaré aquí para ti.

Stephen unió su boca a la de André y tiró de él hacia la alfombra y, durante el tiempo en que estuvieron juntos, André pudo olvidarse de sus deberes, relajarse y sonreir ampliamente, como sólo hacía en esos momentos.

Y, si el precio de aquella felicidad, de aquel descanso del mundo de allí fuera lleno de apariencias, era otra alfombra arruinada... ¿a quien le importaba?

André se encargaba siempre de tener alfombras persas más que de sobra que arruinar junto con Stephen.

martes, 25 de enero de 2011

Pluma y Tintero: Dos Damas

Tu cuello, como la torre de David, edificada para armería; mil escudos están colgados en ella, todos escudos de valientes... —Valeria levantó la mirada y miró a Virginia que, sonrojada, miraba la biblia con nuevos ojos—. Y así continua. Yo siempre he considerado que el Cantar de los Cantares es una de las obras más románticas que jamás he podido leer.

—Pero... ¡es la Biblia! —Virginia se abanicó, acalorada—. Siempre nos han dicho que está llena de abnegación, sufrimiento...

Valeria dejó el enorme tomo sobre la mesita, recuperando su taza de té, lamentablemente ya fría. Dejando la taza de nuevo en la mesa, sonrió a su amiga.

—También nos dicen que Dios es amor, y que amemos al prójimo. Siendo así... ¿no es al amado al que debemos el mayor de los respetos y de los amores? Al no ser un extraño, si además el amado es el esposo de una misma, ¿no deberías expresar abiertamente dicho amor, dicha admiración?

Virginia se sonrojó, violentamente.

—Eso es tan... impropio.

Valeria rió suavemente.

—Querida, no me refiero en público. Puedes hacerlo en la intimidad, con tu esposo como único testigo de tu admiración a su persona.

Virgina volvió a abanicarse, acalorada.

—Carezco de cualquier habilidad por la poesía... y sabes que me pongo tremendamente nerviosa al tratar temas de índole... íntima. Si intentase algo... ¡de seguro haría el más grande de los ridículos! ¡Tartamudearé! ¿Y si a Charles le parece indecente mi comportamiento?

Valeria volvió a reir.

—¿Por una idea sacada del Cantar de los Cantares? ¿De la Biblia? ¡Cielo, Charles si que es mojigato si se escandaliza por eso! Cuando pienso en mi querido y difunto Edmund y en algunos grabados que tuvo a bien mostrarme... querida, eso si que era completamente indecente.

Virginia abrió mucho los ojos, sonrojadisima y realmente escandalizada, tanto que se le cayó el abanico de las manos.

—¡Valeria!

Valeria se echó a reir, alegremente, y al poco, muy a su pesar, Virgínia, aún sonrojada, reía con ella.

viernes, 17 de septiembre de 2010

~ Sembrando Sal ~

~ Garra / Sombra ~
Sombra olisqueó al cachorro, lamiendolo con fuerza. El cachorro, inmóvil, no respiraba y Sombra comenzó a limpiarse, dispuesta a librarse del cachorro si había muerto.

Gaia había decidido.

Sombra contempló cómo Selene se levantaba, llena, sobre los árboles y, de repente, el cachorro hizo un ruido y comenzó a respirar, a moverse en busca de su madre. Sombra acercó al cachorro a su cuerpo.

Selene había decidido.

Ahora el cachorro debería demostrar cada día digno de vivir.

jueves, 16 de septiembre de 2010

~ Sembrando Sal ~

~ Lucien ~

Lucien miró el montoncito de caca sobre la alfombra del salón, allí donde había dejado a la cachorra mientras preparaba el biberón. Quien iba a decirle a él que de un bebé tan pequeño podría salir tal cantidad de mierda. De hecho, cuando la encontró en aquellas peñas, a las que se había acercado en busca de cobertura para su móvil, no había creido que sobreviviese.

Con una sonrisa, recogió a la cachorra del suelo, metiendole el biberon en la boca.

—Que sepas, pequeñina, que esa alfombra cuesta quinientos dólares...

La cachorra hizo una pausa en su alimentación, para mirarlo con ojillos brillantes y Lucien tan solo sonrió.

Iba a salirle carísima, pero era tan pequeña y adorable... como una gatita.

—Kitty...

miércoles, 15 de septiembre de 2010

~ Sembrando Sal ~

~ Martillo-de-Fenris / Hoja-de-Hierba ~
Los chillidos de Hoja se oían por todo el claro y Martillo sólo podía taparse los oídos.

—¡Llevatelo! ¡Llevate esa cosa de aqui!

—Hoja, escucha... es tu hijo... nuestro hijo.

Hoja estaba horrorizada, negándose a mirar a la criatura que Martillo sostenía. El pequeño era tan horrible que hasta a Martillo se le revolvían las tripas al mirarlo, pero... ¿dónde estaba el instinto maternal de Hoja?

—Hoja...

—¡Llevatelo! ¡Dejalo en el bosque! ¡No quiero verlo, no lo quiero cerca! ¡¡Aléjalo de mi!!

Martillo agachó la cabeza y se dispuso a hacer lo que Hoja le había pedido... aunque significase perder al único hijo que tendría jamás.

lunes, 13 de septiembre de 2010

~ Sembrando Sal ~


~ Caminando-entre-Fantasmas / Corriendo-por-Gaia ~

Caminando sostuvo al cachorro con cuidado y aprensión a partes iguales. Aquel cachorro, aquella... monstruosidad... era su hijo. y le había costado todo lo que tenía, su Honor, su Manada, su Clan... su compañera.


No lo quería.


—Hazte cargo tu de él, Draug —dijo a su compañero de Tribu—. Quédatelo, abandónalo... pero decide tu su destino. Y decidas lo que decidas, no quiero saberlo.


Caminando dejó el cachorro en el suelo, que empezó a lloriquear. Acto seguido cogió el cuerpo de su compañera en brazos.


—Llevaré su cuerpo a sus padres, es lo mínimo que puedo hacer. Adiós, amigo mio.


Draug contempló, en silencio, la partida de su amigo y, tras coger al cachorro con la boca, se lo llevó a una loba que acababa de tener sus crias.

Tendría que bastar.

domingo, 12 de septiembre de 2010

~ Sembrando Sal ~

~ Garra / Sombra ~

Sombra resopló, mientras miraba el cuerpo de Garra con pesar. Había sido un bravo guerrero, un mejor lobo y había impresionado tanto a Sombra como para aparearse con él. Ahora su cuerpo alimentaría a los pequeños insectos y otras criaturas de Gaia, mientras que ella aullaría orgullosa sus hazañas.

Como debía ser.

En cuanto al cachorro que llevaba en su interior, Gaia decidiría si viviría o no... como con cualquier otro cachorro.

sábado, 11 de septiembre de 2010

~ Sembrando Sal ~

~ Magda ~

Magda se agachó, oculta tras las rocas y, apartándo una colocó el fruto de una noche de demasiado alcochol, de demasiada dejadez en pos de la festividad, en el hueco entre las piedras.

Había tenido suerte ocultando al clan su estado, la marca de su verguenza, que ni siquierea parecía un garou de pura raza, sino una mezcal callejera y que, además, por estar tullida, no encontraría compasión entre sus compañeros de clan.

Ésta era la mejor forma, pensó para si, mientras colocaba la piedra sobre el bultito de trapos que se movía. En cuanto el frio se hiciese cargo de la criatura, no tendría más preocupaciones.

viernes, 10 de septiembre de 2010

~ Sembrando Sal ~

~ Martillo-de-Fenris / Hoja-de-Hierba ~




Martillo gruñó, cuando Hoja casi se cae al avanzar entre las piedras, sujetándola con cuidado.

—Ten más cuidado... dañarías al cachorro.

Hoja sonrió. Encontrar un solo Fenrir que fuese cariñoso era todo un logro, enontrar además uno que no fuese a matar a su cachorro... un verdadero milagro. Ahora, camino del Clan de ella, no hacía más que sonreir.

—No te preocupes, Martillo. Soy fuerte y el cachorro también. Estaremos bien. Estaremos juntos.

Martillo sonrió.

jueves, 9 de septiembre de 2010

~ Sembrando Sal ~


~ Caminando-entre-Fantasmas / Corriendo-por-Gaia ~


Caminando-entre-Fantasmas se llevó las manos a la cabeza, mirando a Corriendo-por-Gaia que dormia relajadamente a su lado. Un momeno de debilidad, un momento de soledad entre ambos, al haber perdido al resto de sus compañeros luchando contra aquella horda de perdiciones, había culminado en un acto de amor desesperado... y totalmente deshonroso.

Ahora tendrían que soportar las consecuencias y, si bien él podría ocultar que era el padre de la criatura que crecía en el seno de su compañera, ella no tendría tanta suerte. Sería exiliada, sería marcada y, si tenía mala suerte... tendría que perder su vida, o la del cachorro.

Ahora estaba doblemente maldito.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

~ Guardianes de la Tierra Yerma ~

~ Piedra-Roja ~


Piedra se encontraba tumbado tras un árbol, vigilando a los cachorros discretamente y asintiendo ante el proceder del Metis de su propia Tribu. Si bien era severo, cosa que muchos Homínodos no entenderían, o los cachorros espabilaban ahora o no serían más que un cadaver más en cuanto empezase la batalla. Lo malo es que aquellos cachorros ni siquiera parecían Metis.

Estaban demasiado humanizados.

Iszle, su compañera de manada, Galliard y una de los pocos Homínidos que Piedra respetaba se acercó en silencio y, tras frotar su morro contra el de él, se tumbó a su lado.

—¿Cómo va?

Piedra resopló.

—Philodox debil, debe ser común, pero al menos ya no lloriquea. Ragabash tensa, se huele desde aqui. Galliard no sabe bien que hacer. Theurge llora, mucho y saca fuerzas cuando no debe. Y Ahroun hace lo que Alfa y Ahroun debe hacer.

Iszle olisqueó, la sangre del Theurge perfectamente discernible desde allí.

—Herido el Theurge...

—Nada grave, Aullido. Alfa sabe castigo duele, pero no duele más que muerte en batalla. Si Theurge no aguanta eso, será carga para los demás. Como Philodox. Un débil ya demasiado, dos no aceptable.

Iszle sonrió lobunamente.

—Tu dirias que Camina es debil.

—Camina no debil. Muchos espiritus a su lado. Solo débil el que lucha solo. Lobo da fuerza a manada pero manada da fuerza a lobo.

Iszle asintió.

—Cierto. Esperemos que ellos se den cuenta.

—Lo harán. De un modo u otro, Aullido, deben hacerlo...

viernes, 3 de septiembre de 2010

~ Antes de la Tierra Yerma ~

~ Karthnach Devora-Corazones ~

Karthnach Devora-Corazones se pasó la lengua por los colmillos, sin lograr sacar el trozo de carne que llevaba un buen rato molestándole. Finalmente recurrió a una afilada garra para desprender el pedazo, que escupió al suelo con desgana.

Acto seguido contempló a las tres mujeres, todas Parentela, que habían capturado con vida durante el asalto al Túmulo. Si bien éste no había caído, el número de Garous muertos y de Parentela destrozada había complacido a Karthnach. Se acercó a las mujeres, metiendo una garra afilada bajo la barbilla de cada una de ellas para obligarlas a mirarlo. Le gustó el miedo que vió en ellos, haciéndole sonreir.

Se volvio hacia su manada, aún sonriendo.

—Servirán... llevadlas a los Pozos de Reproducción, pero antes... —Karthnach se relamió— ... cortadlas brazos y piernas. No van a necesitarlos y sería una pena desperdiciar toda esa carne... ¿no creeis?

La Manada rió, como hienas, mientras se acercaban a las Parentelas.

Los chillidos de dolor y terror acunaron la mente de Karthnach mientras daba un buen mordisco a un jugoso muslo.

sábado, 28 de agosto de 2010

~ Antes de la Tierra Yerma ~

~ Irzsan Sombra-de-la-Verdad ~


Irzsan estaba sentado, contemplando a la Piedra Azul, con Piedra Roja sentado a su lado. El Garra Roja no era precisamente social, asi que Irzsan se preguntó qué querría decirle. Cambiando a su forma Lupus por deferencia a su compañero de manada, Irzsan le contempló en silencio.

—Has enviado a los Parientes a buscar a los Mulos —dijo Piedra.

—Los Garou debemos proteger el Túmulo. Todo Garou es necesario aqui en este momento. La Parentela deberá bastar.

—No lo hará. Son monos. Su lengua es débil, confusa, no hablan de cosas importantes. Fallarán. Su fallo será tuyo. Pero es tiempo de guerra. Esperaré.

Irzsan asintió, contemplando los Fetiches, Amuletos y el Klaive que reposaban a los pies de la Piedra Azul.

—Estaré preparado.

—No, no lo estarás.

Piedra sacudió la cola y se alejó, perdiéndose en el bosque.

viernes, 27 de agosto de 2010

~ Antes de la Tierra Yerma ~

~ Yegvenia Camina-con-Selene ~


Yegvenia se sentó, lentamente, en el suelo, resoplando suavemente. Su enorme estómago, repleto de crias para Gaia, no iba a impedirla hacer sus tareas para con el Túmulo y el Clan, pero hacía que todo lo hiciese más lentamente, ocupándola más tiempo. Y era precisamente tiempo lo que no tenían.

Yegvenia miró a Iszle, sentada en una roca cercana vigilando a los cachorros que habían sobrevivido al ataque, a costa de su propia sangre y dolor. Su ojo perdido era una muestra de la feroz protección de la Galliard hacia los cachorros. Iszle había tenido suerte, sin embargo. El número de Garou que habían fallecido en el ataque había dejado al Túmulo casi indefenso.

Tras el ataque, y tras enterrar a los caidos, Yegvenia había entrado en comunión con la Piedra Azul, el Tótem del Túmulo, para pedirle ayuda y consejo sobre cómo proceder. La respuesta de la Piedra Azul había sido tan clara como extraña, dando los nombres de un grupo de Metis que deberían acudir al Túmulo. egvenia suspiró.

Los caminos de Gaia son inexplicables.

jueves, 26 de agosto de 2010

~ Antes de la Tierra Yerma ~

~ Oduulf Garra-Afilada ~


Oduulf saltó y clavó profundamente su Klaive en el torso del Danzante, que expiró haciendo un ruido que parecía una risa malsana, y después lo sacó con un ruido realmente asqueroso. Oduulf se inclinó y limpió el Klaive sobre la hierba, mientras gruñía por el dolor que le producía la herida, seguramente envenenada, que el Danzante la había hecho. Ardía como el demonio.

Oduulf se acercó al cuerpo de su compañero de clan, que estaba en el suelo, con la espalda torcida en un ángulo imposible. Acecha-entre-Ortigas había logrado avisar al Clan de la llegada de los Danzantes, lo que hacía que hubiesen podido rechazar el ataque... pero había habido muchas bajas.

Demasiadas.

Pasando a forma Lupus en honor a su compañero, Oduulf comenzó a aullar la Endecha por los Caidos, aunque tuvo que parar cuando el dolor de su brazo se extendió por el resto de su cuerpo, quemándole e impidiéndole respirar.

Mientras caía al suelo, Garra-Afilada pensó en lo mucho que había perdido Gaia aquella noche.

Demasiado.

miércoles, 25 de agosto de 2010

~ Antes de la Tierra Yerma ~

~ Iszle Aullido-de-la-Sombra ~


Iszle trazó la última marca sobre sus brazos, que aparecían cuajados de marcas con significados específicos. Cada simbolo, trazado con una mezcla de su sangre y de arcilla debidamente purificada, hacia honores a un espíritu con el que Iszle había hablado alguna vez. Una suave túnica de ante cubria su cuerpo y varios colgantes y brazaletes ceremoniales cubrian sus muñecas, tobillos y cuello. Del mismo modo varias plumas de cuervo estaban atadas a su melena.

Iszle se subió a una roca, contemplando las festividades que se estaban celebrando en el claro en el que se reunían los Garou, y sonrió ampliamente. Los mayores contemplaban cómo los cachorros jugaban alrededor de la hoguera y los más jóvenes intercambiaban historias y pullas, alegremente.

Varios cachorros se acercaron a Izsle y, aludiendo a sus más infantiles encantos, la convencieron de que les contase una historia.

—Está bien, está bien... os contaré una historia... Hace mucho tiempo, antes de que la Piedra Azul nos guiase hasta aquí...

El sonido de un aullido, lejano, paralizó a los Garou, haciendo que reinase el silencio por completo. Los Garou se miraron y rápidamente, se pusieron en movimiento.

—Niños, a las cuevas... ahora...